Mi deuda con Eduardo Galeano

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Recordar es, en buena medida, inventar. Y eso es así tanto para las colectividades como para los individuos. Cada uno de nosotros somos autores de nuestra propia historia, en el acto de ir viviendo; y de nuestra propia historiografía —digamos—, según hilamos y narramos recuerdos de nuestra vida.

No sé cuánto de invención hay en mi pequeña historia sobre el gran significado que tiene la obra de Eduardo Galeano en mi vida. Pero igual da porque es tal como me gusta contármela.

Cursaba el segundo año de preparatoria y leer Las venas abiertas de América Latina fue entonces una recomendación de la profesora de Historia. No era la primera sugerencia bibliográfica que escuchaba de un profesor de la Prepa, y seguramente no fue la última. Debo decir que yo estaba muy lejos de ser un estudiante destacado; mucho más que cualquiera de las materias escolares, me preocupaban los amigos, las amigas y, sobre todo, el futbol. De modo que aun hoy ignoro por qué esa recomendación se quedó prendida en mi cabeza y no me abandonó hasta que un año después tuve el dinero suficiente para comprar un ejemplar muy gastado del libro (no recuerdo a quién se lo regalé años después), en algún local inmenso de Donceles.

Hay quienes en carne propia, por vivencia cotidiana y a veces desde el momento mismo de nacer, aprenden que la vida es dura, que el mundo está descompuesto y que la fraternidad es un lindo concepto escasamente practicado. Para mí, adolescente que arañaba la clase media y que nunca había carecido de lo más elemental, la primera gran ventana a la miseria moral y material de la humanidad fue la obra de Galeano. Particularmente, claro, Las venas. Tuve entonces mis años de ingenua conciencia social, de odios irreflexivos hacia los explotadores y de ardientes deseos de cambiar el mundo. En mi cabeza las cosas son menos simples ahora, aunque el sano malestar —indignación, se le llama hoy— que desde entonces sentí no me ha abandonado.

Sé que muchos aseguran haber identificado desde el primer momento las fisuras y fragilidades del discurso de Galeano en Las venas —flaquezas de las que él mismo se ha hecho cargo—. A mis 18 años no tenía la suficiente madurez intelectual para hacerlo. Y lo celebro, no sólo porque fue una forma cruda pero muchas veces hermosa —Días y noches de amor y de guerra, El libro de los abrazos, Patas arriba de despertar al mundo y de empezar a aprehenderlo. También porque fue el impulso decisivo que me llevó a estudiar la licenciatura en Historia.

El de Galeano fue para mí, en efecto, el primer discurso histórico alternativo al de la educación pública que recibí siempre. Las trágicas e irónicas escenas del pasado que el uruguayo dibujaba en sus páginas no tenían mucho que ver con lo que hasta entonces había escuchado en la escuela. Fue entonces que quise saber más.  Y la carrera de Historia no me ha decepcionado en ese sentido, aunque en ella he aprendido a situar en su justa dimensión la obra de Galeano, a tomar distancia crítica de unos postulados que respondían perfectamente al ambiente político e intelectual latinoamericano de los años setenta, pero que no resisten un examen riguroso desde la historiografía académica.

Como sea, a Galeano le estaré siempre agradecido por todo eso, y porque además lo cuento entre el puñado de autores (García Márquez, Arreola, Cervantes, Borges) que me revelaron el potencial poético de mi lengua materna. Gracias al uruguayo por esas horas de melodía.

Le debo también la lectura siempre postergada de El futbol a sol y sombra. Recuerdo al menos dos ocasiones en que quise y no pude comprar el libro —una vez no lo encontraron en la librería, otra mi tarjeta no tenía dinero—. No le di mayor importancia al asunto; sabía que tarde o temprano iba a leerlo. Sin embargo, hoy precisamente me parece increíble no haberlo hecho. Esta otra deuda me pesa, y la muerte de Galeano me invita a saldarla de inmediato.

Conjurando a Probo. Sobre Los 1001 años de la lengua española, de Antonio Alatorre

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Hacía mucho tiempo —años— que un libro no me entusiasmaba tanto como recientemente lo hizo Los 1001 años de la lengua española del filólogo y escritor mexicano Antonio Alatorre (1922-2010). Puedo decir ya que se encuentra instalado con justicia en mi top ten de libros en general —junto a otros como Todo lo sólido se desvanece en el aire de Marshall Berman, El queso y los gusanos de Carlo Ginzburg, o Cien años de soledad de García Márquez.

Alatorre
(Imagen del FCE)
Son muchas las cosas que pueden decirse de Los 1001 años de la lengua españolaSeguramente un lingüista o un filólogo como Alatorre tendría muchas más herramientas para evaluar a detalle su contenido. Mi lectura, en cambio, es la de un aficionado que accidentalmente es también historiador. Me centraré pues en las dos o tres cosas que a mí, con esa condición a cuestas, me hizo pensar la obra.

En primer lugar, recordé la maravillosa sensación de estar frente a la historicidad de las cosas, de descubrir el proceso de su conformación, que suele ser más palpable en recuentos de larga duración como el que ofrece Alatorre para la lengua española, desde la revolución neolítica hasta la segunda mitad del siglo XX. Puede parecer raro que un historiador hable de esta manera, pero lo cierto es que nuestra disciplina tiende cada vez más a la especialización, y muchos de nosotros —señaladamente los historiadores de la política— acotamos cada vez más nuestros temas de estudio y les dedicamos casi todo nuestro tiempo. En ese trance nos convertimos en eruditos de un proceso histórico determinado que creemos conocer ya en sus líneas generales, y sacrificamos así la naturaleza dinámica del proceso mismo. Con Los 1001 años de la lengua española redescubrí la fascinación ante una historicidad particular desconocida.

La obra es además una buena lección de humildad para todos aquellos que en algún momento hemos juzgado con rudeza las “incorrecciones” de la gente al hablar. Alatorre demuestra y subraya una y otra vez, a lo largo de las más de trescientas páginas del libro, que la lengua española ha sido fundamentalmente una creación de los propios hispanohablantes, en su mayor parte ajenos a los sectores socioculturales y a las instancias —como la Real Academia Española de la Lengua desde el siglo XVIII— que en todas las épocas han querido establecer cánones. Las “incorrecciones”, afirma el autor, son una parte natural de toda lengua viva; todas las expresiones (o “realizaciones”) del español son legítimas.

Hay que decir, sin embargo, que en las páginas finales Alatorre matiza un poco lo dicho y surge de él ese pequeño Valerio Probo (presunto responsable de un Appendix del siglo VI que censuraba las vulgares desviaciones respecto del latín literario) que todos llevamos dentro. En efecto, el autor llama a asimilar con gusto las “incorrecciones” y los “extranjerismos” que han nutrido y siguen nutriendo nuestra lengua, pero en cambio se pronuncia contra su afectación, contra la falta de sencillez y naturalidad que amenaza su capacidad de decir las cosas.

Finalmente, Los 1001 años de la lengua española me parece un ejercicio de divulgación histórica notable y digno de imitarse. Con las reservas de mi ignorancia, claro, porque no dudo que otros lectores historiadores pongan reparos al tratamiento que Alatorre da a un periodo histórico determinado, del mismo modo que yo los puse respecto de algunas de sus afirmaciones  sobre los cambios políticos y culturales de los siglos XVIII y XIX que dan contexto al fenómeno lingüístico. Es lo de menos, a mi parecer, pues la obra cumple a cabalidad el objetivo de comunicar al lector las líneas generales del apasionante desarrollo de la lengua española, desde sus ancestros indoeuropeos hasta sus más recientes aventuras anglicistas.

Valgan estas notas, pues, como una recomendación atenta, y de muy buena fe, para que se acerquen a Los 1001 años de la lengua española y lo lean con detenimiento, no porque que sea difícil seguir el relato sino porque, muy al contrario, éste alcanza en muchos de sus pasajes un cariz literario que vale la pena degustar.


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Antonio Alatorre, Los 1001 años de la lengua española, (1979) tercera edición, México, Fondo de Cultura Económica, 2002 (Sección de Obras de Lengua y Estudios Literarios.)

José María Morelos y la constitución insurgente para la América mexicana

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El día más feliz de su vida. Así lo sentía José María Morelos aquel 22 de octubre de 1814 en Apatzingán, en medio del regocijo por la jura del Decreto constitucional para la libertad de la América mexicana. Miraba celebrar a sus compañeros congresistas —él lo era por la provincia de Nuevo León— mientras venía a su mente todo lo ocurrido en los últimos cuatro años, desde que se enteró de la rebelión de Miguel Hidalgo y decidió salir a su encuentro para ponerse a sus órdenes. Recordaba con especial satisfacción, aunque no sin algo de nostalgia, el fantástico año de 1813, cuando en la plenitud de su poder político y militar tomó la iniciativa de reformar el gobierno insurgente. La Suprema Junta instalada en Zitácuaro en 1811 estaba ya muy desacreditada por los serios conflictos entre sus tres vocales originales, Ignacio López Rayón, José María Liceaga y José Sixto Berduzco, y ni siquiera el nombramiento del célebre general Morelos como cuarto vocal había logrado devolverle prestigio.

Para Morelos era inevitable recordar también al enjundioso diputado Carlos María de Bustamante, cuyo consejo en aquella época había sido decisivo para dejar de lado la idea de renovar la Junta. Era tiempo de convocar a un congreso constituyente de representantes electos por la población de cada una de las provincias insurrectas. La pericia política adquirida a fuerza de administrar los territorios que caían bajo su control, además del consejo de los abogados insurgentes y los ejemplos de las asambleas representativas de Cádiz, Caracas y Buenos Aires, le permitieron a Morelos entender que una manera eficaz de ganar la adhesión de las provincias era darles participación en el gobierno.

No había sido sencillo preparar la flamante ciudad de Chilpancingo para que se llevara a cabo la instalación del Congreso con el decoro necesario. El trabajo en esas primeras semanas de septiembre de 1813 había sido incesante, y sólo por la noche Morelos y sus allegados encontraban algún espacio para la reflexión. Una de esas noches estaba fresca en la mente del caudillo sureño: la previa a la instalación del Congreso, cuando comentó con el joven abogado Andrés Quintana Roo los principios que en su opinión debían guiar la labor del constituyente, esos que bautizó como Sentimientos de la Nación. Muchos años después Quintana Roo relataría a Guillermo Prieto aquella escena, elogiando la pureza de los principios que había expuesto Morelos y que —según decía— habían quedado plasmados en la constitución de Apatzingán.
* * *

El Decreto constitucional para la libertad de la América mexicana ciertamente cristalizó algunos de los sentimientos de Morelos: la intolerancia hacia cualquier religión distinta de la católica, la soberanía del pueblo, el repudio a la tiranía, la división de poderes, la duración y dotación de los funcionarios, la superioridad de la ley y la igualdad ante ella, el respeto a la propiedad, la inviolabilidad del domicilio. También abolió la Inquisición y la tortura de manera implícita. Otros de los sentimientos ya habían sido concretados por actos previos. El propio Morelos, el 5 de octubre de 1813, ratificó por decreto la abolición de la esclavitud, y un mes después el Congreso declaró formalmente la independencia absoluta de la América septentrional.




Sin embargo, la constitución dejó de lado otros de los sentimientos que parecen haber estado entre las más profundas convicciones de Morelos, aquellas que aprendió de sus manuales de teología moral acerca del compromiso de un pastor con su rebaño, y la importancia de la caridad material y espiritual hacia los menesterosos. Así, aunque el decreto constitucional no anuló los decretos previos de Morelos sobre eliminación del tributo y de otras contribuciones agobiantes, tampoco los ratificó. Omitió también el ideal de que la ley estuviese dirigida a moderar la opulencia y la indigencia y al mejoramiento moral y material del pueblo. Finalmente, la constitución también dejó fuera el acendrado antiespañolismo de Morelos y las fiestas nacionales del 16 de septiembre y el 12 de diciembre.

Esas omisiones se explican, en parte, por la relación distante y aun ríspida que mantuvieron Morelos y el Congreso a lo largo de 1814. Tras sufrir graves derrotas militares y ser despojado del mando supremo por el Congreso a principios de ese año, Morelos desempeñó diversas comisiones que lo alejaron de la discusión y la redacción del decreto constitucional. Su colaboración se limitó a proporcionar algunos proyectos insurgentes, unos cuantos números del periódico liberal El Espectador Sevillano y la constitución española de 1812, además, claro, de sus Sentimientos de la Nación y sus comentarios a los Elementos constitucionales de Rayón.

El otro factor a considerar es que Andrés Quintana Roo, José Manuel de Herrera, José Sotero de Castañeda, Manuel de Alderete y Soria, Cornelio Ortiz de Zárate y José María Ponce de León, los verdaderos redactores de la constitución insurgente, tenían en realidad otras prioridades. Una en particular que compartían con los autores de tantos otros documentos constitucionales que estaban apareciendo en esos mismos años en diversos puntos de la América española y de la península: limitar el poder para ahuyentar el despotismo. Desde luego, el primer referente de despotismo para todos esos revolucionarios eran los monarcas españoles, cuyos abusos habían tocado fondo en 1808 al entregar la monarquía a Napoleón Bonaparte. Pero los constituyentes de Apatzingán tenían además en Rayón, e incluso en el propio Morelos, ejemplos más próximos de intentos de ejercer un dominio político unipersonal. De ahí que dedicaran gran parte del decreto constitucional a describir y regular una forma de gobierno basada en el principio de separación del poder.

Crearon un sistema de tres corporaciones de gobierno, entre las cuales el Supremo Congreso subordinaba claramente al Supremo Gobierno ejecutivo, formado por tres individuos, y al Supremo Tribunal de Justicia, de cinco magistrados. Además de hacer las leyes y de ser el intérprete último de la constitución, el Supremo Congreso tenía entre sus facultades la designación de los titulares de los otros dos poderes y varios otros nombramientos importantes, como el de los ministros y los generales de división; establecía impuestos, calificaba las elecciones, dirigía las relaciones internacionales y controlaba el ejercicio de la guerra y la paz. Por otra parte, ni el Supremo Gobierno ni el Supremo Tribunal de Justicia podían alejarse de la residencia del Supremo Congreso sin su aprobación; y ninguno de los miembros del Supremo Gobierno ejecutivo estaba facultado para comandar fuerzas armadas, algo que resultaría decisivo en el curso venidero de la guerra insurgente.

La cultura política y jurídica que exhibieron los constituyentes de Apatzingán en el Decreto constitucional para la libertad de la América mexicana, era una compartida por los sectores letrados de todo el mundo hispano. Conjugaba el viejo derecho de la monarquía española y obras de ilustrados católicos, con referentes de la filosofía política moderna y, desde luego, las novedosas constituciones gestadas al calor de las revoluciones en los Estados Unidos, Francia y la misma España. Por eso no es extraño encontrar en el proemio y los 242 artículos de la constitución insurgente, semejanzas claras, y a veces textuales, con las constituciones norteamericanas de Pennsylvania (1776) y Massachusetts (1780), por ejemplo, además de las constituciones y declaraciones de derechos del hombre francesas de 1789, 1791, 1793 y 1795, la constitución española de 1812 y algunos artículos de El Espectador Sevillano (1809-1810).

*  *  *

Aquel 22 de octubre de 1814, sin embargo, en medio de los festejos, Morelos apenas si estaba enterado del contenido del decreto constitucional que acababa de firmar como miembro del Congreso. La apresurada lectura del documento y las inmediatas ceremonias y celebraciones, le habían impedido reflexionar con detenimiento sobre sus principios y sus mecanismos. No obstante, Morelos disfrutaba de los bailes y degustaba sereno los dulces traídos para la ocasión desde Querétaro y Guanajuato, pues los redactores de la constitución le habían asegurado que el bien común era el único objetivo de su obra.

Dos días después, ya como uno de los titulares del Supremo Gobierno ejecutivo —junto a José María Liceaga y José María Cos—, Morelos promulgaría la constitución insurgente. En los próximos meses tendría tiempo de conocerla a detalle. Se daría cuenta entonces de que sus mecanismos de gobierno eran impracticables en un contexto de guerra, pues le impedían actuar con la celeridad y la eficacia que lo habían distinguido en sus campañas mientras no hubo Congreso que lo subordinara todo.

Y sin embargo, la felicidad que experimentó en los días de la jura y promulgación del decreto constitucional, era completamente genuina y justificada. Bajo condiciones bien adversas, perseguidos y asediados por las fuerzas del virrey, encontrando apenas los medios necesarios para sobrevivir, Morelos y sus compañeros habían mostrado que el establecimiento de un gobierno propio no era un sueño irrealizable.


Bibliografía:

Alfredo Ávila, En nombre de la nación: la formación del gobierno representativo en México, México, Taurus / CIDE, 2002.

Estudios sobre el Decreto constitucional de Apatzingán, Mario de la Cueva et al., México, UNAM, 1964.

Los procesos de Morelos, compilación y estudio preliminar de Carlos Herrejón Peredo, Zamora, Michoacán, El Colegio de Michoacán, 1985 (Biblioteca José María Morelos, 2).

Anna Macías, Génesis del gobierno constitucional en México: 1808-1820, traducción de… , México, SEP, 1973 (SepSetentas, 94).

Ernesto de la Torre Villar, La Constitución de Apatzingán y los creadores del Estado mexicano, segunda edición con un apéndice, México, UNAM, IIH, 1978.